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Sahumerios y arrebatos

Mis grandes inventos: la enhebradora semiautomática de agujas.

Tenía que escribir el guión de un monólogo para estrenar una sección en un programa de radio de barrio que andaba haciendo, no se me ocurría nada, así que decidí hacer lo que siempre hago cuando me quedo seco, largarme a dar una vuelta. El sol ya se había largado de la calle, hacía algo de frío, por lo que busqué en el armario una chaqueta o algo para ponerme, allí había una chaquetilla que hacía mucho no me ponía, al verla entendí porqué no me la ponía, de tres botones que debió llevar al salir de fábrica no le quedaba ninguno.

Desde que vivo solo, la aguja y yo nos hemos llevado de maravilla, ya que nunca nos hemos necesitado, o si la necesité hice como si no la necesitase. Esta tarde, al ponerme la chaquetilla, me metí las manos a los bolsillos para ver si podría ir por la calle con ella cerrada aunque fuese juntando las manos desde dentro de los bolsillos y descubrí que había un botón en uno de ellos.

Ver el botón y sentir la llamada, todo fue uno, la llamada de la aguja, quiero decir. Hice una lista mental de los prerrequisitos necesarios para la tarea y recordé que mi casero tenía una especie de costurero en una caja en la habitación libre de al lado, le eché mano y allí había de todo, aguja y hasta hilos de colores.

No me dirán que no da de sí un botón. Sigo. Busqué la aguja que tuviese el agujero más gordo, pero para mi desconsuelo todas lo tenían más o menos igual de exiguo, busqué un hilo marrón para coser el botón gris que había encontrado pues la chaquetilla es marrón, pero no había tal, así que cogí el que más le pegaba, uno amarillo que le iba perfecto. Me puse a enhebrar y aquí comenzó la tragedia.

Chupé la punta del hilo, lo enrollé finamente con los dedos, me puse debajo del flexo, me quité las gafas para ver algo, probé a meter y no entraba, no es que no supiese yo enhebrar una aguja, es que no veo un capullo y menos el ojo de una aguja, pero lo jodido era que cuando atinaba el hilo se doblaba y rehusaba entrar, menos mal que no me cabreé, solo le dije cuatro cosas mal dichas al puto hilo, con perdón.

Volvió a sonarme la flauta y al décimo intento conseguí que pasara, coloco el botón en un pegote de hilos donde deduje que históricamente moraba el antiguo botón, me pongo a coser, paso de abajo arriba la aguja y atino en un agujero del botón a la primera, alegría incontenible, meto de arriba abajo la aguja por el agujero del botón y tiro del hilo,  entusiasmo, me levanto para encender un cigarrillo y se cae el botón al suelo. Como lo cuento, al parecer había pasado la aguja las dos veces por el mismo agujero.

El maldito botón no fue a caer donde se le viese, le dio por jugar al escondite de Murphy, así que de rodillas me paso cinco minutos buscando esa pesadilla. Lo encuentro, coso, me pincho 4 veces, luego me acordé que el dedal se usaba para eso, pero termino con un arrebato delirante que me dura medio minuto, justo hasta que caigo en la dichosa cuenta de que solo tenía un botón y aquello necesitaba tres, y que difícilmente iba a encontrar iguales, que tendría que quitarlo y coser tres iguales.

Me puse a pensar como pensaría mi héroe McGiver y decidí dejar el botón y comprar solo dos, ahorro doble, en hilo y en botones.

Salgo a la calle con mi cacheta unibotonada y al tercer paso se suelta el asqueroso botón, lo miro, miro el ojal y caigo en la cuenta de que el tal botón no era de la tal chaquetilla, era más pequeño que el ojal y por eso se salía, nueva pensada, idea brillante, cosería el ojal haciéndolo más pequeño hasta que el maridaje con el botón fuese aceptable y listo.

Sigo con mi paseo vespertino, compro tabaco, llego a una mercería, pregunto si hay agujas de agujero grande y no me dan en el gusto, así que me gasto 40 céntimos en dos botones, uno azul y otro amarillo, así haría juego con un pañuelo que tengo marrón y lila.

Por el camino iba comiéndome el tarro pensando en algún sistema para enhebrar la aguja, pues no quería volver a pasar por las de Caín como la vez primera, así que me encomendé de nuevo a mi santo patrón McGiver y decidí hacer lo que el gran hombre haría, diseñar una enhebradora semiautomática de agujas con lo que tuviese a mano. Sé que podría haber echado mano de la oferta que una vez me hizo Manuela, cuando me dijo con sones de indirecta... “Orel si alguna vez tienes algo que coser que no te de apuro traérmelo”, pero preferí construir mi nueva máquina, ya que el diseño mental que hice era muy simple, más que un peine para calvos.

Busqué un cable que no usase, di con uno para cargar el móvil en el mechero del coche, pelé un trozo de unos 10 centímetros, y de los filamentos finos de cobre que lo componen corté uno, lo doblé por la mitad, pasé el hilo de coser por la parte baja de la U que formaba el hilo de cobre, sin hacer ningún nudo, pasé las puntas superiores del hilo de cobre por el ojo de la aguja, tiré y pasaron ambos hilos, el de cobre y el de coser, me puse más contento que unas pascuas, cosí los dos botones, minimicé los tres ojales y asunto arreglado.

Como habrá pensado algún caballero, con mi invento me ahorré el tener que comprar otra chaqueta, pues eso tenía pensado para solventar mi incompatibilidad con la aguja, por eso puedo decir que un botón me alegró la tarde. Mi invento, que seguro alguien habrá inventado ya antes que yo, pueden utilizarlo sin pagar royalties.

Al final, como queda patente, este fue el guión del monólogo radiofónico para el que nada se me ocurría.

Documentación.

 

La hora de Orel el pirao. Programa 1

 

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